“En las dictaduras todo está muy desnudo, uno ve todo lo que no debe ver o aquello que en otras sociedades no está a la vista con tanta nitidez”
Por: Norberto Landeyro
Es una de las figuras literarias europeas más valientes y rutilantes de los últimos cincuenta años. Nació en una región de Rumania poblada por alemanes que sufrieron no solamente los horrores del nazismo, sino también las atrocidades del comunismo al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Exiliada en Alemania en 1989, veinte años más tarde fue distinguida con el premio Nobel de Literatura por una obra que es «concentración de la poesía y la franqueza» y que «describe el paisaje de los desposeídos», según la Academia Sueca. Autora prolífica, aún hoy sigue construyendo su enorme y descarnado edificio creativo desde Berlín. Ha sido traducida a más de 50 idiomas.
El inicio
Herta Müller nació el 17 de agosto de 1953 en Nițchidorf, Banat, un sitio germanoparlante de Timișoara, en Rumania. Su familia pertenecía a una minoría alemana, los llamados Suabos del Danubio, que llevaban varios siglos asentados en esa región. Su abuelo era granjero y comerciante, y sus bienes habían sido expropiados bajo el régimen comunista rumano.
Su padre, Josef, que se ganaba la vida como camionero, fue formado como nazi y sirvió durante la II Guerra Mundial en las Waffen-SS (cuerpo de combate de élite de las Schutzstaffel, más conocidas como las SS o escuadrones alemanes de protección), hecho que Herta le recriminó toda su vida.
Su madre, Katharina, fue uno de los cien mil alemanes deportados a la Unión Soviética al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, donde pasó cinco años en un campo de concentración realizando «trabajos de reparación». Muchos de los hombres y mujeres del pueblo en el que se crió Herta compartieron el mismo destino que sus padres.
Así, Rusia consideraba que los alemanes pagarían su “culpa colectiva” por ser cómplices de Adolf Hitler, sin importarles que algunos de ellos hubieran sido también víctimas del nazismo.
Según cuenta Herta, tanto Josef como Katharina quedaron muy deteriorados tras las experiencias vividas durante la guerra y también después; no hablaban mucho de su pasado y creció rodeada de silencio y de tabúes.
“Creo que cuando era niña miraba todo con mucha atención, y también estaba forzada a hacerlo. Era hija única, pasaba mucho tiempo sola, en un pueblo pequeño y en una familia de campesinos. Tenía que trabajar en la casa, en el establo con las vacas, eran todas responsabilidades que yo no podía asumir, y las hacía con el miedo de «no puedo, no puedo cumplir con mis tareas», dijo alguna vez.
Su lengua natal era el alemán y luego de graduarse en la escuela secundaria, estudió Filología germánica y aprendió el rumano en la Universidad del Oeste de Timisoara entre 1973 y 1976. Formó parte del Aktionsgruppe Banat (Grupo de Acción del Banato), una tertulia de escritores idealistas rumano-alemanes anticomunistas, que se había fundado en 1972 con el poema conjunto “Engagement” (Compromiso), que todos los miembros habían firmado a modo de manifiesto en el que llamaban al lector a ser políticamente comprometido. El grupo fue disuelto en 1976 por la policía secreta del régimen y sus integrantes se volvieron a reunir en el círculo literario Adam Müller-Guttembrunn de Timisoara, en el que Herta Müller era la única mujer.
Trabajó como traductora técnica entre 1977 y 1979 en una fábrica de maquinaria, pero fue despedida en 1979 por no cooperar con la Securitatea Statului, la policía secreta del régimen comunista rumano, liderado por el temible dictador Nicolae Ceausescu, que gobernó su país desde 1967 hasta 1989.
Al perder el empleo subsistió trabajando en una guardería infantil e impartiendo lecciones de alemán, siendo acosada e interrogada más de cincuenta veces por los espías estatales.
Años más tarde, Herta describiría su paso por la fábrica: “A las cinco de la mañana me levantaba, y a las seis y media empezaba el trabajo. Por la mañana resonaba el himno sobre el patio de la fábrica a través del altavoz, durante la pausa del mediodía se escuchaban los coros de los obreros. Pero los obreros, que estaban comiendo, tenían ojos vacíos como hojalata, manos embadurnadas de aceite, y su comida estaba envuelta en papel de periódico. Antes de comerse un trocito de tocino, le quitaban la tinta del periódico rascándola con el cuchillo. Dos años transcurrieron al trote de la cotidianeidad, cada día igual al otro”.
Herta Müller: Peras podridas, del libro “En tierras bajas”
Un día, tras esos dos años en la fábrica, un agente de la Securitate se presentó en su despacho e intentó presionarla para que colaborara con el servicio secreto: “Al tercer año se acabó la igualdad de los días. En el transcurso de una semana entró tres veces en mi oficina, a primera hora de la mañana, un hombre gigantesco, de huesos sólidos, con ojos azules centelleantes, un coloso del Servicio Secreto. De pie, empecé a escribir lo que me iba dictando. Mi nombre con fecha de nacimiento y dirección. Y después que yo, independientemente de la proximidad o del parentesco, no le diría a nadie que…, y entonces llegó la horrible palabra: colaborez, iba a colaborar. Esta palabra ya no la escribí”.
En ese establecimiento industrial, a escondidas, empezó a narrar, como ella misma contó: “La escritura comenzó en el silencio, en aquella escalera de la fábrica donde tuve que sopesar y decidir conmigo misma más cosas de las que podían decirse”.
Su primer libro, la colección de cuentos “Niederungen” (En tierras bajas), fue publicado en 1982 en Rumania, pero en versión censurada, como muchas otras obras de esos momentos; dos años más tarde se imprimió completo en Alemania.
Müller describe en estos quince relatos, desde la perspectiva de una niña, la brutalidad de una supuestamente idílica aldea durante la dictadura de Ceaucescu. Con imágenes críticas y escenas surrealistas, la obra se compone de historias de represión permanente y de incomunicación, que empiezan en las relaciones familiares y continúan en las de los individuos con el Estado.
La autora recuerda –por ejemplo- que cuando nacía una camada de carneros en la granja, su padre mutilaba a algunos de ellos porque el Estado rumano no requisaba los animales que tenían una pata quebrada. Con esas trampas, la familia podía comer carne…

En esta obra escarba en el aislamiento y el abandono de su familia y de su pueblo suabo, donde queda solo una escuela, una peluquería, una iglesia, un cementerio y una casa de la cultura, lugar en el que se celebran los matrimonios y las fiestas. Para ahondar en la composición del lugar, en el pueblo los apellidos más comunes son nombres de oficios: Schuster, Schneider y Wagner, que en castellano significan zapatero, sastre y carretero, respectivamente.
Los hombres crían cerdos, conejos, abejas y gallinas. “Algunos campesinos dicen que después de la estatización, que en el pueblo se llama expropiación (del Estado rumano), no ha vuelto a haber una cosecha de verdad”, escribía Müller. La descripción de aquel mundo rural, que la autora conoce como la palma de su mano, sorprende por el tono aséptico, esterilizado por la distancia.
También en 1982 aparecía “Drückender Tango” (Tango opresivo), otra colección de seis historias de Banat condensada en un libro muy crítico también con la corrupción, la intolerancia y la opresión del régimen; a causa de esto se le prohibió seguir publicando en su país, aunque sus libros triunfaban, se premiaban y eran muy comentados en Alemania y Austria, contra la unánime oposición de la prensa oficial rumana.
El nombre de la colección puede ser una referencia a “Todesfuge” (1948), del poeta alemán de origen rumano Paul Celan, que se tradujo como “Tangoul mortii” (Tango de la muerte) en Rumania.

Si bien –como quedó dicho- sus relatos se destacan por la denuncia de las duras condiciones de vida durante el régimen comunista, el tema principal es cómo una dictadura deteriora y quiebra toda forma de relación humana.
Hacia Alemania
En 1987, a Müller se le permitió salir de Rumania y marchó a Alemania Occidental con su marido, el novelista Richard Wagner. Trabajó como profesora en universidades germanas y de otros países en los años siguientes: Paderborn, Warwick, Hamburgo, Swansea, Gainsville (Florida), Cassel, Gotinga, Tubinga y Zürich (Suiza), y fijó su residencia en Berlín.
Con un claro significado autobiográfico, “Reisende auf einem Bein” (Viajando en una pierna), publicado por primera vez en 1989, es el primer volumen en prosa de Herta Müller después de mudarse a Berlín: una conmovedora historia de distancia y cercanía, partida y llegada, y el vacío intermedio.
Después de dejar su territorio natal, Irene –la protagonista- podría comenzar una nueva vida en Berlín Occidental (no soviética) a fines de la década de 1980. Pero internamente ni se ha ido por completo ni ha llegado finalmente a lo nuevo. Ha perdido su antigua patria y no ha ganado una nueva, la que permanece cerrada: “En el otro país”, dice Irene, “comprendí lo que destruye tanto a la gente. Las razones eran obvias… Y aquí, dijo Irene. No te puedo ver. Duele no ver los motivos todos los días”.
En el nuevo país, las cosas tienen nombres que no les convienen, el mundo se fragmenta en innumerables observaciones detalladas que los dejan desorientados e incapaces de actuar. Solitaria, deambula por paisajes de estaciones de tren y lugares de tránsito; incluso en sus relaciones con los hombres permanece sola.
Años después, Herta Müller confesaba al diario “El País” de Madrid: “Al llegar a Berlín, todo me llamaba la atención. El alemán, que para mí en Rumanía era el idioma del ámbito privado. Las luces en las calles me hacían daño. En la dictadura todo era gris. Los carteles con imágenes de tantas personas. Allí solo había fotografías de Ceausescu. Y las manos tan bonitas y limpias de la gente. Me sentaba en el metro solo para mirarlas. Me parecía muy democrático no poder identificar por las manos a quien tenía trabajos físicos o de oficina. En Rumanía todo estaba censurado. El optimismo era sospechoso. Cuando estaba allí no me daba cuenta de cómo nos habían robado la vida. Una vez en Berlín, estaba triste por la gente que se había quedado. La primera vez que fui a un restaurante me puse a llorar al ver las mesas con velas, los menús con tantas cosas. Y de repente me di cuenta de lo que habían hecho con nosotros”.
Una entrevista fuera del género a Herta Müller
En mayo de 1989, Roland Kirsch, uno de sus mejores amigos y ex miembro del Aktionsgruppe Banat, fue encontrado ahorcado en su departamento en Rumania. A pesar de que el caso se presentó como suicidio, Müller declaró al semanario alemán “Die Zeit” (El Tiempo) que no creía esta versión de los acontecimientos: según dijo, los vecinos de Kirsch habrían escuchado a muchas personas hablar en voz alta en el departamento del escritor la noche de su muerte.
“Yo tampoco creo en el suicidio. En Rumania, todo el papeleo antes de un funeral siempre demoró días en completarse. En el caso de suicidio, una autopsia era una cuestión de rutina. Pero los padres de Roland Kirsch recibieron todos los papeles en un día. Fue enterrado rápidamente y sin autopsia. Y en la gran cantidad de registros de escuchas telefónicas no hay una sola mención a Kirsch. El nombre ha sido borrado, se dice que esta persona nunca existió”.
Más obras
A partir de su estancia Alemania, la producción de Müller creció en cantidad e importancia. Su siguiente obra fue «Der mensch ist ein grosser fasan auf der welt» (El hombre es un gran faisán en el mundo).
En rumano es muy frecuente decir “He vuelto a ser un faisán”, que significa “He vuelto a fracasar”, “No lo he logrado”. O sea, el faisán es un “perdedor”.
El faisán es un ave que no vuela, vive en el suelo, es una presa fácil que no puede escapar. En esta obra la autora refleja la resignación y la desesperanza interior de los años previos a su exilio. Trata el destino de una familia de origen alemán que espera con ansiedad la autorización para abandonar Rumania. Los personajes, asfixiados por unas fronteras no solamente geográficas, trazadas por los aparatos represivos de la dictadura, reflejan una gran tensión en sus vidas.
Posteriormente publicó «Der fuchs war damals schon der jäger» (La piel del zorro), un desgarrador fresco de una ciudad rumana durante las postrimerías de la era de Ceaucescu. La trama sigue la línea discontinua a través de múltiples escenarios desnudos -departamentos, fábricas, bares, hospitales, cuarteles- y personajes amenazados -una maestra, un soldado, la amante de una agente de la Securitate-, todos marcados por el fracaso y la sospecha.
Pero el verdadero protagonista de “La piel…” es el deslumbrante lenguaje con el que se organizan las distintas escenas, un prodigioso miniaturismo verbal que disloca y subvierte una realidad sórdida, cruel, primaria, donde el circulo vicioso de la desesperanza se recrea en la obsesiva contemplación de lo ínfimo y lo abyecto.
Más adelante Herta Müller editó «Herztier» (La bestia del corazón), en el que un grupo de amigos, que se resisten a ser anulados por el sistema estatal, ven en el suicidio de Lola, una joven estudiante del sur de Rumania que intenta escapar de la pobreza durante el régimen de Ceaucescu, una razón para continuar resistiendo.
La obra describe la resistencia que hay que ejercer para que no destruyan la individualidad. También describe la corrupción y la asimilación social, la violación de las normas, del hastío del mundo, y ser “un error para nosotros mismos”. La escritora desnuda una sociedad que excava su propia tumba a través de la supresión y de las privaciones materiales: “Si nos mantenemos en silencio, nos odiamos a nosotros mismos. Si hablamos, nos volvemos ridículos”.
“La oración fúnebre”, cuento de Herta Muller
“Atemschaukel” (Todo lo que tengo lo llevo conmigo, aunque una traducción literal sería Ritmo Respiraorio) es una novela del año 2009 ambientada en Rumania, a finales de la Segunda Guerra Mundial. De las conversaciones con su compatriota y amigo el poeta Oskar Pastior y con otros sobrevivientes, Müller reunió el material con el que después escribió esta gran novela.
Así, basándose en la historia profundamente individual de un hombre joven, consigue narrar un capítulo todavía casi desconocido de la historia europea y visualizarlo en imágenes inolvidables. La autora ha logrado plasmar la persecución sufrida por los alemanes rumanos en tiempos de Stalin, centrándose en la historia de un solo individuo, Leopold Auberg, que es deportado a los 17 años a un campo de trabajo forzado soviético en Novogorlovka, Ucrania, donde permanece durante 5 años.
“Atemschaukel” es el intento de Müller por desentrañar lo que se escondía detrás del silencio de su madre, y de otros muchos ciudadanos del mismo origen de su generación, que no se atrevían a hablar nunca del tiempo que habían pasado en los campos de trabajo rusos.
Herta Müller-«Todo lo que tengo lo llevo conmigo»
Apenas dos meses después de la publicación de esta novela, Herta Müller recibió el Premio Nobel de Literatura, en reconocimiento a “una obra que es concentración de la poesía y la franqueza» y que «describe el paisaje de los desposeídos», según la Academia Sueca.
Luego de haber sido premiada, continuó publicando y así se conoció «Hunger und seide» (Hambre y seda), en el que narra experiencias vividas en carne propia. Lo personal no puede separarse de lo político. De ahí lo absurdo de la pregunta que le hizo el funcionario del campo de tránsito en Alemania: “siendo suaba del Bánato, ¿solicita asilo como alemana o como víctima de la persecución política? Para ambas cosas a la vez no existe formulario apropiado”.
La patente autenticidad de estos relatos es la mejor constatación de las conclusiones políticas y morales que se extraen de ellos. No sólo remiten al pasado en Rumanía, sino también al presente de la Alemania recién reunificada (principios de la década de 1990). Por ejemplo, al conflicto entre este y oeste, o a la xenofobia.
En el año 2015 salió a la venta “In Der Falle” (En la trampa), obra compuesta por tres espléndidos ensayos-conferencias en las que Herta Müller refleja las condiciones existenciales de la escritura. Con los ejemplos de tres poetas, el expresionista Theodor Kramer, exiliado durante el nazismo, Ruth Klüger, superviviente del Holocausto, e Inge Müller, que se suicidó en 1966 en la antigua República Democrática Alemana (comunista), la autora hace patentes los vínculos indisolubles entre el texto y la vida de los autores. Es más, los textos -dice- presentan lo vivido personalmente como una condición única de la existencia misma.
Sin ninguna duda, este impactante alegato de la literatura que surge de la vivencia y que halla su justificación en lo existencial, también debe leerse como la poética de la propia Herta.
Müller ha sido multipremiada, y es miembro de la Academia Alemana de Oratoria y Literatura de Darmstadt (Deutsche Akademie für Sprache und Dichtung) desde 1995. En 1997 abandonó el PEN Club Internacional (única asociación mundial de escritores, fundada en Londres en 1921 para promover la amistad y cooperación intelectual entre escritores de todo el planeta) como forma de protesta por la decisión de reunir las asociaciones de Alemania del Este y del Oeste tras la caída del muro de Berlín. En julio de 2008 publicó una carta abierta a Horia-Roman Patapievici, presidente del Instituto Cultural Rumano, como protesta por financiar una escuela rumano-alemana en la cual trabajaban dos ex-informantes de la Securitate.
Próxima a cumplir 69 años, Herta Müller es esencialmente una cronista de intrahistorias centradas casi siempre en Rumania, con sus épocas oscuras, sus reconciliaciones y siempre a través de las voces de un pueblo que avanza entre tantas vicisitudes históricas. Todo ello contado con extraordinaria sensibilidad, pero a la vez con la crudeza testimonial de quien ha vivido y padecido lo peor de la condición humana.
“Las personas que pasan miedo tienen hambre de vida. Como su vida está constreñida por todas partes, las palabras de los poemas viven por ellos, y sin constricciones. Aunque sea sin contriciones dentro del miedo. Como las palabras tienen miedo, también sirven para calmar el miedo. Pero tranquilizan sin engañar cuando constatan el miedo una vez más. En Rumania, yo iba a ver a una amiga dos veces a la semana y escondía mis textos en su casa. Cuando sabía que venían a registrar mi casa, iba a verla aún más a menudo. Solía llevar papeles escritos en el bolso y a veces debajo de la ropa o dentro de los zapatos… «
Fuentes: lecturalia.com; historia-biografia.com; biografíasyvidas.com; mcnbiografias.com; es-academic.com; kripkit.com; noroeste.com.mx; margencero.com; youtube.com; heroínas.net.

































